Nunca tuve muchos amigos en la primaria, siempre fui aquel que nadie recuerda, el que se sentaba en el rincón lejos de cualquier situación que pudiera representarle algún peligro; el que temía ser rechazado por los demás, el dos amigos.
Un buen día me encontré en una escuela nueva, donde todos hablaban un idioma que yo no conocía y donde la gente era diametralmente opuesta a mi. Me encontraba en un lugar donde todo se resumía a ser abusador o ser brutalmente abusado, donde Darwin hubiese vivido ”la muerte chiquita” con cada recreo; donde tuve que echar mano por primera vez de una habilidad que hasta entonces desconocía: usar mi lengua para causar daño.
Después de un tiempo aprendí a vivir así, sin sospechar que eso me cambiaría para siempre; sin suponer que un día me llevaría a sentirme más solo que en los tiempos en los que buscaba el refugio en una esquina del salón de clases. Tenía diez años y la vida se había transformado en un combate de la noche a la mañana; tenía diez años... fue muy fácil perderme.
Fue en uno de esos recreos a la inglesa, donde los chicos jugaban football con el solo afán de encontrar un pretexto para sacarse la mierda a golpes. Fue en uno de esos recreos cuando vi al nuevo sentado en mi territorio; en aquel talud que estaba frente al estacionamiento de maestros.
-¿Te gusta el football?
-No
-A mi tampoco... ¿Cómo te llamas?
-Esteban, ¿Tú?
-Juan.
Ese día comenzó la amistad más entrañable de mi vida. Sin sospecharlo había un espejo que comenzaba a observarme, alguien que guiaría mi camino sin proponérselo. Jamás hubiera sospechado que existiera una persona que tuviera la paciencia, que fuese capaz de derrumbar la barrera que solo yo creí amar: El muro que divide quien realmente soy del mundo exterior, una trampa perfecta para el que vive enajenado en ésta realidad.
-No te hagas pendejo pinche Juan, eres el guey más frágil que conozco. Te he visto enamorado y eres más dócil que nada. Esa cosa que le muestras al mundo es tu máscara, es como la coraza... No hay pedo todos tenemos una, solo hay que saber ver.
-Salud.
Omito todos los detalles que hicieron de mi amistad con Esteban algo tan formidable. Disculpen, esos recuerdos son solo mios.
12 de abril
Esa noche nos reuniríamos con los amigos de la primaria, Yo estaba francamente emocionado, recordaríamos viejos tiempos, con viejos amigos... yo organicé esa fiesta.
-¿Bueno?
-¿Bueno?
-¿Señora? Buenas noches... ¿Sabe dónde puedo encontrar a Esteban?
-Hijo, Esteban tuvo un accidente.
Nunca había escuchado esa voz en Marién, mi sangre se heló al instante.
-¿Pero él está bien?
-No hijo, no está bien.
13 de abril
Al día siguiente, tan solo unas horas después, solo puedo recordar a mi padre empujándome con una brusquedad animal hacia la sala de emergencias del hospital; cierto es que yo no hubiera podido moverme hasta ahí por mi propio pie. Mi familia me dejó así, sin comprender lo que pasaba, mi familia se fue de vacaciones.
Me encontraba solo, estaba desvalido en el camino que solo yo debía recorrer, el camino hacia el comatorio. Quince pasos a la derecha y ahí estaban todos mirándome, hablándome en palabras que no comprendía... en otro idioma.
Debía entrar a la sala donde lo encontraría, mi mejor amigo se tejía entre un ruido infernal, mi mejor amigo quien yacía sobre una cama conectado a millones de tubos que se introducían en su cuerpo.
Yo no podía reconocerlo, Tenía ganas de gritarles: “¡No es él, se equivocaron!”
... éste no es él, éste no soy yo.
-Despídete, van a desconectarlo.
Sus tres mejores amigos fuimos los últimos en tomar su mano... mientras Raúl di Blasio tocaba corazón de niño en el pequeño estéreo que estaba sobre la máquina que nos decía entre chirridos que su cuerpo estaba aferrándose a sus últimos minutos de vida... como si nos hubiese estado esperando.
-Esteban, sé que puedes oírme – le dije al oído- Esteban, gracias por estar aquí, gracias por ser mi hermano... gracias por cuidarme y por enseñarme el camino. Te voy a extrañar mucho... gracias por nunca dejarme solo...
Me sentí tan idiota al no poder articular palabras mas coherentes; me sentí impotente por no poder hacer nada... me sentí... en mi real dimensión.
Aquí comenzó el embotamiento que continúa hasta el momento en el que escribo esto. Debo ser sincero y decir que sigo así, aún en éste momento, aún hoy... algo pasó ese día y nunca volví a ser el mismo.
Después de despedirnos las máquinas comenzaron a caer y el silencio se llenó de llantos; la sala se llenó de un peso increíble que todavía cargo a cuestas, el peso que cargo después de tantos años.
14 de abril
Nunca había visto a tanta gente reunida en un funeral, nunca me había sentido tan solo y tan impotente entre tanta gente. Nunca me había sentido tan culpable y tan pequeño... Nunca me sentí tan entumecido, tan perdido.
(...)
Hoy estuvimos reunidos, como todos lo años, en esa iglesia que tanto criticamos... El “Le Corbusier drogado y borracho” de perisur, recordando que el tiempo es implacable. Junto con tu madre recordamos que tus enseñanzas, tan simples. Esas enseñanzas que han guiado nuestro camino desde entonces.
Gracias por hacerme quien soy. Te extraño mucho.
Primer año
Hoy, martes 13 de abril de 2004, cumples, Esteban, tu primer año de muerto. Ya un año. Apenas un año. Un año, un año, un año. Pronto serán dos años. Y luego mil años… Es lo mismo. Será lo mismo. Siempre será lo mismo. Y yo quiero sonreír hoy contigo, para seguirnos comunicando a tu manera, con sangre liviana, en tanto volvemos a vernos. Por eso quiero evocar hoy cuatro anécdotas tuyas. Muy tuyas. Peculiarmente tuyas.
BAÑO DE MUJERES
Tenías cuatro años. Estabas con tu mamá en el VIPS de Cuernavaca (donde vivíamos entonces). Le avisaste que querías hacer pipí. Ella no se arriesgó a dejarte entrar solo en el baño de hombres ni aunque permaneciese alerta en la puerta. Mejor te metió con ella en el de mujeres. Al entrar, alguna señora te vio con ojos que seguramente eran de curiosidad, pero que tú sentiste inquisitivos, porque sin el menor rubor le dijiste una frase que se adelantaba a cualquier eventual cuestionamiento y zanjaba cualquier duda posible: “Sí, soy hombre”, le dijiste muy tranquilo, mostrando que entendías perfectamente la irregularidad de esa situación tan seria, “pero no te preocupes, soy un hombre chiquito”.
PREGUNTA OBLIGADA
Tenías seis años. Era Navidad y te tocó ser el diablo en la pastorela que con tus hermanas y primos se puso en la casa. Tenías una única intervención y una sola línea de diálogo. Cabalmente disfrazado todo de rojo ---con cuernos, cola y tridente--- te le aparecías a Jesús en el desierto y lo tentabas con las glorias del mundo. “Ven conmigo”, le sugerías pérfidamente, “adórame y yo te daré oro, vino, mujeres…” Y con un gesto majestuoso del brazo derecho (con el izquierdo sostenías el tridente) hacías patente la magnificencia de tan espléndidos regalos. Desde luego que Jesús rechazaba tu oferta y de inmediato tú te retirabas, literalmente con la cola entre las patas. Toda tu escena duraba menos de un minuto. Esa tu primera aparición en los escenarios, la verdad, te salió francamente bien. Te posesionaste de tu papel, no tartamudeaste ni se te olvidó ninguna palabra, no miraste al público (la veintena de familiares que nos reuníamos en esas ocasiones). Sólo que al salir del escenario era evidente tu perplejidad; de plano había algo que no comprendías. Pero antes de describir qué te provocaba esa perplejidad, déjame recordar que tú tenías una mamá y dos hermanas mayores que nunca te permitían olvidar que tú eras menor que ellas. Y no menor un año o dos, sino tres de Ariana y cuatro de Marién. Diferencias que en esas edades son como eones. Para todo efecto práctico tenías, pues, tres mamás y así crecías en un ambiente abrumadoramente femenino… con todo lo bueno y todo lo malo que eso puede significar para un niño pequeño. Por muy maravilloso que sea, todo amor le pesa algo a todo ser humano; me imagino cuánto te pesaban a ti esos tres amores. Y es en ese contexto que tu perplejidad era perfectamente explicable. Apenas terminó la pastorela no pudiste contener más tu extrañeza. “Oye”, me preguntaste y mi corazón se derritió porque sentí la enorme profundidad de tu desconcierto, “¿y para qué quieren mujeres?”
BLANDURAS
Tenías ocho años. En la fiesta, el mago te llamó como patiño de su espectáculo y te advirtió en voz alta que te pasaría su varita mágica “por la parte más blanda de tu cuerpo”. Tú, de inmediato, con un gesto instintivo, te llevaste las manos vertiginosamente a la entrepierna.
EN EL CINE
Tenías nueve años. Salías del cine Olimpia (en el centro del DF), de la mano de doña Elsa, mi magnífica suegra, a donde ella los había llevado a los tres ---las hijas de Rosamaría y tú—a ver una película para niños. A la salida, con absoluta honestidad tú le planteaste la duda ontológica que esa función te había planteado: “Oye”, le dijiste, “la película, ¿fue de amor o de aventuras?”
Pili:
Gracias por el empujón. Nadie más hubiera podido darlo.
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